Su hija es lesbiana

Emilio, en dos días haría 65 años, la extensa familia que lo respetaba le hubiese preparado un almuerzo por su cumpleaños, le hubieran puesto un Ferrari en su pastel e ignorando las sandeces de un hombre poco común para entonarle la canción… “Te estás poniendo viejito, te estás poniendo viejito, te estás poniendo viejitoooooo… y nadie lo puede negar”.

Le hubieran festejado al estilo patriarca, donde las mujeres de la familia se pondrían delantales para servir la comida, los hombres se reunirían a conversar de negocios, esos temas restringidos para mujeres; donde los niños correrían en los patios más alejados para no herir con sus gritos y risas los únicos oídos inteligentes de la prole: los de los hombres…

Se hubiese dado una fiesta en honor de la persona más inconformista de la familia: el cumpleañero; pues, de no ser por su hermosa y devota esposa nadie desearía recordarlo en sus natalicios; el mismo Emilio, de haber podido, se hubiera refundido dentro de un armario antes que sonreírle hipócritamente a la gente, que aunque allegados y queridos, representaba demasiado sacrificio personal ser amable.

Un hombre carismático y alegre en tanto y en cuanto nadie se le opusiera a sus criterios, machista de cepa que se ha ganado el amor de una mujer, no tanto por su mérito o gloria, sino por la profunda compasión femenina que un día ha decidido entregarle su amor.

Un auténtico personaje de sabiduría, una enciclopedia andante, el mejor diccionario de consulta, pero con páginas tachadas, justo allí donde ciertas palabras le cambiaban el humor, como: mujer, negro, gay…

Pero de cualquier manera se hubiera dado la celebración, pues Emilio no hubiera tenido más opción que recibir el homenaje, recibiéndolo a las alturas de una sorpresa que no podía evitarse para el líder de la familia, claro que se hubiese dado, solamente sí no hubiera ocurrido aquel fatal incidente de hace 6 años que postró su conciencia para siempre.

En dos días cumpliría 65 años y se encontraba en una silla de ruedas, con la mirada anonadada de quien ya no se preocupa de nada, ni de comer, ni de vestir, ni de sus necesidades básicas, para eso había una enfermera; una joven mujer con suerte, porque en ese punto de la vida, Emilio ya no era la piedra en el zapato de nadie y podía atender al paciente sin el despotismo que lo caracterizó en sus años activos.

No podía responder a la cargosa pregunta de aquella desconocida que le hacía a diario:

  • ¿Don Emilio, qué le ha ocasionado este estado?

Nadie sabe sí Emilio podía escuchar, especular o pensar, pero sus ojos mantenían la misma expresión abierta de quien recibe una mala noticia, nadie sabe si sus pupilas podían dilatarse con la visita que esporádicamente recibía de su mejor legada, su hija; o sí su corazón aún palpita en contra de sus convicciones racistas, machistas o de género. Nadie lo sabía excepto la más sublevada de sus descendientes.

Quizás el cuerpo del hombre desee volver a la normalidad, pero se vería frustrado de lograrlo por los recuerdos del pasado. Recordando mimar a su criatura más querida, una preciosa niña con carita de muñeca, que nació para su encubierta alegría, lamentando que no haya sido varón.  Le llamaba la atención que la pequeña no rechazara la pelota de futbol,  ni que protestara como niña por sus caídas de bicicleta, ni que pretendiera aumentar su natural belleza con las vanidades femeninas.

Una niña espectacular y diferente, que ha crecido bajo el ala de un padre severo, absorbiendo de él todas, hasta sus más tontas ideas, admirándose en un sentimiento mutuo de identidad semejante.

La pequeña Rocío llegó a su adolescencia y lejos de las niñas que sueñan con vestidos y los primeros amores, Rocío se vistió de short y zapatos de tacos y se lanzó, no a seducir enamorados, sino a la multitud que aplaudía los goles que le quitaban la victoria a cualquier equipo del estudiantado masculino.  Se convirtió en una chica popular que sin mayor escándalo aprobó la escuela.

Emilio, no se dio cuenta de la hora en que su niña había crecido, pero al hacerlo se enorgulleció de su belleza, aunque el combo perfecto de su figura se escondiera bajo la moda holgada y chabacana de los muchachos de la actualidad; su forma de vestir a la final no tenía relevancia, cuando lo importante era – ser inteligente como un hombre – y se lo repetía una y mil veces, agrandando el ego de una chica que quería ser como su padre.

Pero llegó un malogrado día cuando el pez muere por su propia boca…

Sucedió que Rocío aprovechó la vacancia ocasional de la universidad para quedarse en casa, su padre salió a trabajar y su madre se encerró en su dormitorio por un dolor de cabeza atribuido a la menopausia, cuando sonó el timbre.  La muchacha abandonó su habilitación tras una desperezada salió en una larga camiseta para abrir la puerta, era su amiga de confianza, Olga, a quien recibió sin mucho entusiasmo pues lo que deseaba era dormir un poco más.

Sin embargo, no faltó cortesía de su parte y la invitó a pasar, le pidió que lo hiciera en puntillas porque su madre estaba descansando en la habitación aledaña, se encerraron en el cuarto.

Rocío notó en Olga una sublime  diferencia de trato y algo distinto al mirar…

La chica parecía haberse puesto el traje más sexy de su armario y haberse embadurnado de un embriagador perfume; aún cuando Rocío comprendía lo que estaba por ocurrir se sentía asustada, porque jamás ha probado los brazos de un hombre peor aún de una mujer, pero dejó que Olga le tentara con su poca ropa, hasta que finalmente se entregaron al juego erótico de dos mujeres que incursionaban la sexualidad en cuerpos homogéneos.

Se elevaron en un éxtasis de sensualidad y placer que no se dieron cuenta de que Emilio había regresado a casa porque había olvidado sus documentos; mientras Rocío descubría que su femineidad se alentaba con pensamientos masculinos, Olga se entregaba a la pasión del machismo que le consentiría solo a una mujer; y Emilio al abrir la puerta, no supo si la escena se había escapado de sus películas de porno o sí su hija estaba amando a la hija de alguien más.

Se escuchó un gran ruido golpear el suelo, era Emilio que se había desplomado de la impresión, las mujeres abandonaron su fugaz idilio para socorrerlo.

  • Padre, no te me mueras Padre, que me muero yo también… – Le dijo Rocío mientras sostenía de su cabeza.

El hombre que Rocío idolatraba por su capacidad de trabajo y su hombría, abrió los ojos para responderle:

  • Cuando te dije que los gays eran unos enfermos despreciables, eso incluía a las lesbianas.

Rocío derramó algunas lágrimas, en un inusual gesto femenino que su padre nunca haya visto.  Llorando por el único hombre que ella lloraría en toda su historia, le dijo:

  • Padre, quise honrarte con tu ejemplo.

No hubo más oportunidades para explicaciones, Emilio congeló en su cara los ojos sorprendidos de aquella última mirada que le ha dado a Rocío y desde entonces ignora todos sus conceptos, incluso los respectivos a su dignidad, cuando la joven enfermera lo asea de pies a cabeza.  Y si acaso don Emilio entiende  algo aún, lo torturará de nuevo la mujer con la impertinente pregunta:

  • ¿Don Emilio, qué le ocasionó este estado?

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