Sexo en la boutique

Hoy, mi jefe no llegará, pues se ha ido de viaje. Me gusta estar sola de vez en cuando porque así, en esta pequeña Boutique, puedo chatear con mi amigo virtual, con quien por meses nos hemos venido conociendo, ¡Ohhhhh!-¡Me gusta tanto!  Él es tan amable, tan caballero y tiene una voz tan sexy…  Mmmm…. que me provoca las peores malas intenciones.

¿Por qué no? Al fin y al cabo nuestros horarios de trabajo se cruzan y tal vez nunca lo llegue a conocer en persona, creo que hoy es cuando, es sí

¿Me arriesgo?

¿Por qué no?  Tengo todo el día para mí sola pero ¿Será que le gusto? Bueno, ha dicho que sí aunque no nos conocemos personalmente, pero también le agrada mi conversación, me llama con frecuencia y conversamos mejor que dos enamorados. Por qué no he de conocerlo hoy? – ¡Si! – ¿Por qué?

Mejor nos dejamos de tanta palabrería y lo llamo…

El teléfono está sonando….  Rin rin rin rin rin y más rin…. Y nada, no contesta.  Insisto por un par de veces pero no hay respuesta. ¿Qué será de Eduardo? – ¿Estaré marcando correctamente su  número?

Y vuelvo a llamar, al fin alguien me contesta…  ¡Es una voz femenina! La voz de una sensual mujer que se hace escuchar toda agitada me contesta… Siento rabia anticipada.

  • ¿Diga?
  • Sí por favor, ¿Puedo hablar con Eduardo? – Pido a pesar de mis celos
  • ¡Oh claro! Un ratito por favor, – Me dice y seguido la escucho llamarlo: Eduardo, mi amor, alguien te llama por teléfono.

Me siento molesta, incómoda, dudo de continuar esperando que se acerque Eduardo a coger mi llamada, pero él no tarda en contestar:

  • Dígame
  • Hola Eduardo, soy Sara, perdona por interrumpir no pensé que estarías tan ocupado. –  Le respondí con algo de ironía en mi voz.
  • ¡Sara! ¡Cuánto gusto! Así que al fin te arriesgas a llamar ¿Eh? – ¿Será que hoy es mi día de suerte?
  • ¡No! Continúa por favor con tu mujercita, ésa a quien le estás haciendo el amor. – Le digo indignada
  • ¿Sara? ¿Estás celosa?
  • ¿Yo? – ¿Cómo crees? – ¿Acaso eres mi amante, mi novio o mi marido?
  •  Jajajajaja – El muy infeliz se ríe plácidamente – ¡Mi vida estás celosa!
  • ¡No estoy celosa! – Le niego – Pero ¿Sabes qué? Mejor olvídalo, he creído que podría aprovechar que mi jefe está de viaje para poderte conocer, pero como veo que tu disponibilidad viril se encuentra más ocupado te dejo.
  • Sara, espera, voy para allá mi amor, ¿Estás en la boutique, verdad?
  • ¡No! Olvídalo. – Por último le dije y le colgué

Hombres, hombres, hombres… Siempre es la misma historia, infieles por naturaleza, caprichosos, lujuriosos y más presumidos cuando saben que son del agrado de una mujer. Como recién había abierto el local, pues me he puesto  hacer las cosas de rutina, esto es, barrer, limpiar el polvo de los muebles, limpiar el baño, ordenar el vestidor, desempaquetar la mercancía recién había llegado, clasificarla, ponerle los precios y así he pasado como una hora, sin dejar de pensar en Eduardo ¡Ohhh mi Eduardo! – ¡Qué maravilloso sería que viniera a verme!

Pero, ¿Será que tengo suerte? Veo que un tipo agradable se acerca a paso acelerado hacia la boutique, ¡No puede ser! Parece Eduardo…. Eduardo….. ¡Ohhh, Dios mío!-¡Me va a dar algo! – ¡Es Eduardo! – ¡Sí tengo suerte!

Viene derecho para el local donde trabajo, viene con esa corbata que una vez me comentó que era su preferida, de unos rombos azules. Tiene el cabello peinado hacia atrás, sí, así mismo me dijo que le gustaba peinarse así. Tiene coche, viene con el llavero del coche dando vueltas en el dedo índice ¡Si! – ¡Es él! ¡Es Eduardo!

Mi mente rápidamente resolvió todas las posibilidades de venganza en contra de áquel, el que me había sido infiel sin ni siquiera conocerme. De modo que como respuesta a mis pensamientos, me escondí tras el stand de las corbatas y correas, dejé que entrara y el timbrecillo sonó en aviso de que alguien entra por la puerta.

  • ¡Buenos días!  – Saludó

¡Sí! Es esa misma voz sensual que he escuchado de Eduardo, es mucho más hermoso de lo que imaginaba.

Salgo de mi escondite, me dirijo a la puerta y la cierro con doble seguridad, no vaya a ser que se me escape… Lo saludo muy seria y le pido que me espere un momento:

  • Buenos días caballero, por favor deme un minuto.

Estoy tan contenta y furiosa al mismo tiempo que no sé qué hacer, tengo que hacerle sentir que no tiene derecho de hacerse llamar “mi amor” por ninguna otra mujer sin haberme conocido a mí, ¡A mí!

Voy al vestidor mientras al paso he cogido de los mostradores unas medias, un liguero y una minifalda, total, solo los usaré por esta ocasión y después los pondré en su sitio. La blusa blanca me queda fabulosa y con esta bufanda en el cuello lo haré delirar. ¡Ay! – ¡Pobre infeliz! – ¿Cómo se le ocurre venir a buscarme en un momento de extremado malgenio! – ¡Lo pagará!

Saco la cabeza para observar lo que hace, espera con paciencia, está observando unos cinturones, se prueba uno, le mira el precio y se lo coloca sobre el hombro. Me he puesto ya el liguero, las medias sexys y los tacones. ¡Ohhh…! esta falda está tan corta, pero no importa, solo por hoy seré la mala mujer de la minifalda para que aprenda a respetarme.

Me pinto los labios de rojo carmesí, me espolvoreo el rostro y al fin, salgo, como toda una princesa, vestida con ropa de la boutique, ahora no sé si valgo más de lo que soy, llevo aproximadamente mucho dinero encima de mi cuerpo, mucho para mi corto salario pero no cuesta nada soñar, además Eduardo está vestido también con ropa muy fina y yo debo estar a la altura, aunque sea solo por esta vez.

Me acerco paso a paso hacia él, no le voy a hablar, estoy muy enfadada, pero lo utilizaré, le haré notar que lo usaré para mi propia satisfacción… ¡Sí! – ¡Esa es la actitud!

Eduardo me mira boquiabierto, mientras me acerco con una media sonrisa, baja su mirada hacia mis piernas, como la falda es tan corta observa a plenitud mis medias sujetas a las tiras del liguero…  Me siento tan sexy, provocativa y muy muy muy zorra.

Observo sus gestos, al principio se nota preocupado, vuelve a mirar la puerta quizás para asegurarse que estaba cerrada, al verse prisionero al fin se relaja ante mi presencia.  Nos miramos de frente, Eduardo se ha quedado de una sola pieza, obviamente no podría ser de otra manera, tal vez esté pensando que el mujerón que soy no merecía su traición. ¿Quién ha de ser esa mujer que me contestó el teléfono? Una flatulenta fea, sin estas buenas caderas que tengo yo…  No, no, no… mujeres guapas… claro que las hay, pero así de guapas y encima más ricas y muy sexuales. ¡No! No es fácil de encontrar esta belleza como yo.

  • Hola –  Lo saludo muy seductoramente.

El hombre levanta sus cejas, como si estuviera asombrado, no sé de qué se asombra sí siempre hemos soñado de un momento como éste, sin embargo su asombro no le quitó el deseo por mí.

Me responde:

  • ¿Quieres jugar?
  • Si. – Le contesto

No se dijo más, Eduardo me sorprende con un beso profundo, sus manos cogen mi cintura y no tardan en perderse bajo mi faldita, alterna sus caricias entre mis muslos y mi trasero, sus dedos juegan con los filos de encaje de las medias y cuando suben aprietan deliciosamente mis glúteos. Sumamente erótico y dulce, echo mi cabeza hacia atrás, lo estoy disfrutando, pero de repente, me da la vuelta bruscamente y de un empujón me ha puesto de espaldas a él y de cara al escritorio, me levanta la falda y siento un azote en el culo tan fuerte que me hizo gritar, intento ponerme de pie, pero me lo impide.

  • ¿No querías jugar preciosa? – ¡Ahora no protestes!
  • ¡No así! – Igualmente protesté

Pero, Eduardo me propinó otro azote más fuerte que me estremeció todo el cuerpo, mis intentos de cambiar de posición fracasaron en sus brazos e inmediatamente desistí de hacerlo porque sentí sus labios besarme donde había golpeado. Su lengua húmeda y chorreante empapó mi tanga, sus manos parecían exasperarse por tocar más, sus dedos acariciaron mis zonas íntimas y yo estaba simplemente elevándome cada vez en una excitación que no había conocido jamás y de donde me bajó súbitamente, pues mi piel ardió con el azote de una correa, grité del dolor una vez y otra vez y otra vez, entonces me pareció que estaba siendo humillada.

  • ¡Estás humillándome!
  • ¿Humillándote? No mi amor, humillar es otra cosa. – Me contestó mientras sobaba con sus manos allí donde me ardía
  • Sí eso no es humillar ¿Entonces qué es?  – Le pregunté
  • Ohhh…. Esto es humillar… Zorra, no me digas que no te gusta que te traten como a una zorra, una mujerzuela cara que se entrega a la pasión de cualquiera que le venga a soplar el oído…
  • ¡No soy una zorra!  –  Le grité al mismo tiempo que le preguntaba a mi interior: ¿O sí?

Sin mosquearse siquiera por mi exclamación, me cogió de los hombros y me puso frente a sí, comiéndome en un beso tan apasionado que casi no podía respirar.  Me sentó sobre la mesa y con ese beso que parecía no tener fin fue recostándome, tomó de la bufanda que rodeaba mi cuello y como arrear una yegua me levantaba para besarme de rato en rato mientras ese pene que deseaba sobresalir de su calzoncillo me rozaba y me arremetía con tanta energía que sentía que mis orgasmos vendrían aún más furiosos que nunca…  Ohhh por dios…. por dios… mis deseos estaban que se derramaban y me puse más ansiosa cuando sacó de su bolsillo un preservativo que se lo colocó sin perder tiempo.

En un rápido movimiento la larga bufanda se atoró entre mi garganta y a la pata de la mesa inmovilizándome la parte superior del cuerpo, Eduardo no soltaba de su mano izquierda las riendas de su yegua, mientras con la derecha hacía a un lado mi ropa interior para… para… para…. Ohhhhh ¡Sí!… para penetrarme con ese hermoso espécimen de hombre…

A pesar de que mi cuello sentía el apretón de la bufanda, mis sensaciones me rindieron en una experiencia sexual que no imaginaba, su sometimiento se convirtió también en un importante estímulo que incrementó mi placer y cuando su precioso pene llenó por completo mi vagina, sencillamente mi espíritu se me derramó entre las piernas.

Eduardo, como brusco fue desde el principio, sus embestidas jugaban su furia entre las paredes de mi intimidad hasta que en repetidos gemidos se deshizo dentro mí.

¡Uff! Eduardo es magnífico, excepto que creí que era más romántico. Y está bien, así le perdono sus infidelidades anticipadas, al fin y al cabo no conocía las delicias de esta mujer interesada en él.

Permanecimos así por medio minuto hasta que escuchamos que alguien golpeaba la puerta, sobresaltados nos ponemos la ropa, nos arreglamos un poquitín, Eduardo se arregla, el pelo frente a un espejo y yo me puse los pantalones con los cuales tenía para trabajar. Me apresuré abrir quien llamaba y entró otro hombre que me dejó completamente atónita, porque decía…

  • Sara, mi amor, aquí estoy, soy Eduardo.

Lo quedé mirando boquiabierta, mientras el hombre con quien había acabado de tener sexo, se despidió con un, Gracias señorita.

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