Diferencias entre la sexualidad tradicional y la del siglo XXI

La sexualidad humana está referida a un conjunto de condiciones fisiológicas, anatómicas y psicológicas que caracterizan el comportamiento sexual del hombre y la mujer; este concepto abarca el sexo, las identidades y papeles de género, el placer, el erotismo, la intimidad, la reproducción y la orientación sexual.

De manera que mientras el sexo se refiere al género del individuo y a la relación sexual en sí, la sexualidad nos remonta a la expresión humana ante las posibilidades sexuales. Alimentándose de todo un bagaje biológico y cultural que nos determina a actuar de una u otra manera frente al sexo.

La sexualidad se expresa y se vive a través de pensamientos, fantasías, creencias, deseos, actitudes, conductas, valores y prácticas; que marcan una expresión humana que siempre será independiente de lo que dicte la sociedad, porque por más que ésta dicte o quiera dictar los patrones a seguir, ¿quién puede realmente controlar el pensamiento y los deseos humanos?

Tradición y sexualidad

Tradicionalmente, el hombre y la mujer han expresado su sexualidad con patrones bien definidos y no muy variables. Como la cultura encierra historia, religión, normas sociales y patrones, sabemos que las sociedades han marcado conductas sexuales desde ópticas un tanto formales que no han permitido al humano históricamente desarrollarse sexualmente tan libremente como quisiera.

El estudio Kinsey de mediados del siglo XX afirma que en el análisis de las personas estudiadas se observaron grandes diferencias entre el comportamiento deseable exigido socialmente y el comportamiento real. Esto del comportamiento “deseable” es a lo que nos referimos cuando decimos que la sociedad ha querido marcar el comportamiento sexual humano, a sabiendas de que el hombre se comporta de manera distinta muchas veces. Pero es la misma sociedad, quien al ir evolucionando, ha marcado nuevas pautas y le ha ido otorgando libertades en cuanto a la sexualidad del humano se refiere.

Tradicionalmente, el patrón sexual es claro, las parejas se reúnen de manera monógama, entre sexos diferentes (hombre y mujer), bajo la consigna de una unión (matrimonio) y tienen una práctica sexual basada en el coito, con fines reproductivos, mayormente. Pero, ¿quién puede con esto? Por tradición, la homosexualidad, por ejemplo, no ha sido bien vista porque viola acuerdos sociales; a pesar de que en culturas muy lejanas en el tiempo –como la griega- la homosexualidad era vista como una práctica sexual normal. Afortunadamente, esta postura ha ido cambiando con el tiempo. El sexo entre personas del mismo género, surge de una sexualidad que no está enferma ni descarriada, pero el oscurantismo de antaño, marcado en gran medida por las normas religiosas, ha querido reprimir esta práctica por considerarla inmoral y más aún: un pecado mortal. Por otra parte, la masturbación –otra expresión de nuestra sexualidad-, ha sido víctima del mismo proceso. Llegándose incluso a decir, a principios del siglo XX, que causaba insania mental.

Este oscurantismo que juzga y juzga la sexualidad humana, duró mucho tiempo. Desde la  Edad Media, la religión se impuso y quiso marcar la pauta en la sexualidad, definiéndose así patrones más sociales que sexuales a seguir. Lo que no era bien visto por la sociedad, era tomado como algo pecaminoso que en algunos casos –como el de la homosexualidad- podía rayar en lo ilegal. Cárcel y expulsión social era la respuesta a muchas actividades de la sexualidad humana.

El hombre tenía sus roles de proveedor y de progenitor muy bien definidos. Mientras que la mujer debía dedicarse a crianza y al hogar. La tradición es una cosa muy seria porque limita el perfil de la sexualidad humana, sin tomar en cuenta lo que la gente realmente quiere, la libertad.

La sexualidad nos remonta a la expresión humana ante las posibilidades sexuales. Alimentándose de todo un bagaje biológico y cultural que nos determina a actuar de una u otra manera frente al sexo.

Como ya lo dijimos, la misma sociedad se ha ido encargando –con eventos como la revolución erótica de los años 60 o el boom de la homosexualidad de los años 80- de abrirle las puertas a la sexualidad humana. Que en realidad siempre ha sido la misma, solo que con patrones de conducta diferentes.

La sexualidad, cuestión de límites

Los límites que dicta la sociedad frente a la sexualidad han logrado atrapar y marcar a la sociedad en gran medida. Tradicional o moderno, siempre nos marcará lo que está y no está bien visto, socialmente hablando.

Los tabúes sexuales que por tradición han tenido las sociedades, han hecho que el tema de la sexualidad ataña a los mayores y se guarde en el más recóndito de los rincones dando, muchas veces, hasta vergüenza hablar de ello. Cuando lo cierto es que la sexualidad no se le escapa a nadie y le atañe a todo el mundo. Por tanto, como cada humano es diferente, las diferencias en cuanto a sexualidad se refieren a que no conocen límites y pertenecen a una gama de propuestas casi infinitas. Simplemente porque pertenecen a toda la especie humana y ésta es diversa por naturaleza.

Por tanto, los límites de la sexualidad son directamente proporcionales a los límites del pensamiento y el deseo. Permanezcan o no ocultos en el comportamiento humano, gozarán siempre de libertad en la medida en que nuestra imaginación pueda gozar de ella.

Sí bien es cierto que la sexualidad está influenciada por factores biológicos, psicológicos, económicos, sociales, culturales, éticos, políticos, legales, históricos, religiosos y espirituales; también lo es que la sexualidad y su expresión. A medida de los años y con la evolución de la sociedad, ha ido gozando de una apertura en sus límites, en las que parejas del mismo sexo –por ejemplo- que han conseguido libertades y derechos sociales nunca antes vistos. En muchos países ya es legal el matrimonio o la adopción entre parejas gay, cosa que ha ampliado los límites de la concepción de como debería actuar un miembro de la sociedad.

La sexualidad en el siglo XXI

Desde fines del siglo XX y con más fuerza en el siglo XXI, la sociedad ha ido cambiando y evolucionando en cuanto a la visión que tiene de la sexualidad. Es lógico pensar que la evolución del hombre también tenía que tomar en cuenta la evolución de su sexualidad. Si la sociedad cambia, cambian las cosas, cambian los pareceres, cambia la política, la legalidad, las normas, las pautas. Al irnos abriendo socialmente, con mucha ayuda de los cada vez más globalizados medios de comunicación, la sexualidad humana ha ido cambiando.

Sí bien es cierto que aún en el siglo XX la monogamia y las relaciones sexuales con fines reproductivos son un hecho entre algunas parejas; también es cierto que el sexo prematrimonial, las relaciones abiertas (poliamorosas) o las relaciones múltiples, en las que intervienen más de dos, sea cual sea el género de cada uno; ya no escandalizan como antes ni son penadas por la ley. La apertura social ha contribuido a que el modo de relacionarse sexualmente entre los humanos goce cada vez de más libertades. Logrando así que los seres humanos nos sintamos más cómodos con nuestra sexualidad. Sin embargo, siempre quedan los que se escandalizan con las prácticas al respecto, pero ya –en pleno siglo XXI- no pueden impedirlas.

Desde el coito hasta el sexo tántrico, pasando por el sexo oral, anal, frot (roce de los genitales masculinos), el tribadismo (roce de los genitales femeninos), humming (técnica de sexo oral), squirt (técnica de eyaculación femenina) o el fisting (introducción del puño en un órgano sexual –ano o vagina), todo está siendo permitido. Incluso el presente está apuntando al futuro al ya ofrecer el sexo con muñecas sexuales que pueden ser inteligentes, aplicaciones para activar sensores en otra persona y así tener sexo a distancia, el sexting (sexo por mensajes de texto), el sexo con realidad virtual, el sexo sin tocarse y una infinidad de prácticas han hecho que la sexualidad humana tenga un despliegue de posibilidades, sin duda más sano que con el que se contaba tradicionalmente o incluso siglos atrás.

Estamos en pleno siglo XXI, la sociedad nos lo está permitiendo, nosotros mismos lo estamos aprobando, ya no hay razones para temer ni limitar nuestras tendencias, deseos o prácticas sexuales. Aunque aún haya tabúes generalizados, como el referente al incesto, estamos ante un panorama de opciones abierto en el que cada vez el que dirán importa menos y complacernos a nosotros mismos importa más. Aprovechemos para ser parte de esta apertura, de esta revolución sexual que, de cara al futuro, promete novedades para el mejor desarrollo de nuestra sexualidad.

Buena fortuna para la sexualidad

La tecnología y los avances en comunicaciones han hecho que la cultura y la sociedad vayan cambiando, por lo que la sexualidad ha ido cambiando también. Ya no solo la ginecología y la sexología se ocupan del tema, sino la anatomía, la biología, la psicología y la neurología. Y es que la ciencia ha visto que la sexualidad humana no solamente depende de muchas cosas, sino que nos beneficia o perjudica por muchas otras. La cuestión está en saber que, como individuos del siglo XXI, tenemos derechos sexuales que antes no teníamos. Y que ya es decisión de cada persona ver qué postura adopta frente a su sexualidad y la de los demás. Este tema está lleno de relativismos más que de generalizaciones, porque sí bien es cierto que la gente siempre criticará, también lo es que hay y cada vez habrá más permisividad en el asunto de la sexualidad.

Afortunadamente, estamos ante un universo de posibilidades, un universo sensual, que nos abre la mente y el cuerpo a vivir nuevas experiencias, el secreto está en sernos fieles a nosotros mismos y en luchar por nuestros derechos para no vernos obligados a permanecer en el sitio más solitario ni en el más oscuro. Permitamos que la sociedad continúe su apertura hacia un futuro más prometedor con respecto a la sexualidad, que nos permita sentirnos cada vez más libres de ejercerla como queramos, de manera que ganemos bienestar para esta sociedad que tanto lo necesita.

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