Cuando el fetichismo de pies te lleva al cielo

Al igual que en el amor y la guerra, todo está permitido en el placer sexual, siempre y cuando la pareja así lo acuerde. Si tu hombre se excita al tocar, masajear, besar, acariciar, oler y chupar tus pies y tú sucumbes a ese deleite supremo, entonces ¿por qué detenerse o censurarse? Quienes manifiesten y pongan en práctica esta conducta en la intimidad, engrosan las filas de la podofilia, una vertiente del fetichismo que se traduce en la pasión erótica por los pies.

El placer carnal es infinito. No existe un manual de instrucciones que indique lo permitido y lo prohibido. Los límites son puestos única y exclusivamente por los protagonistas de ese encuentro sexual. Sentir atracción por los pies no es ninguna perversión.

La podofilia, entendida como la adoración de los pies, es considerada a nivel científico como una parafilia, es decir, denota un patrón de comportamiento sexual, cuya fuente predominante de goce o júbilo reside, en este caso, en actividades o situaciones atípicas.  Tanto es así, que la sensualidad que emanan estas extremidades inferiores hace que muchos hombres se obsesionen y bordeen la fina línea que hay entre la razón y la locura, alcanzando el orgasmo sin que medie la penetración.

Y todavía hay más los pies de una fémina no tienen que estar exquisitamente pulcros o con una pedicura perfecta. El sudor, suciedad o mal olor de los pies no constituyen ninguna barrera para lograr el éxtasis. Desde sus orígenes, este fetichismo es más común en los hombres que en las mujeres heterosexuales.

Sentir atracción por los pies no es ninguna perversión.

Una adoración milenaria

¿Quién no conoce el cuento La Cenicienta? A finales del siglo XVII, Charles Perrault, en su primera versión, hiló sus letras con gran acierto y elegancia para expresar su profunda admiración por los pies femeninos; “un príncipe desesperado por contraer matrimonio buscó por todo el reino a la damisela que tuviera los pies más pequeños”.

Como inclinación erótica, la excitación que producen los pies siempre ha sido un misterio, un acertijo sin desvelar. Cien años más tarde, el psiquiatra alemán Richard von Krafft-Ebing, recogió en su libro Psicopatía Sexualis  sus numerosos intentos fallidos de curar a través de la hipnosis, a los fetichistas del pie.  Y en 1968, el médico forense italiano Renaldo Pellegrini, en un Tratado de Sexología, reseñaba que un paciente solamente lograba la erección cuando una mujer le mostraba sus pies desnudos.

Al hurgar en la historia sexual de la humanidad, se encuentra una cantidad nada despreciable de fetiches de pies. Por ejemplo, el artista plástico Andy Warhol, quien trascendió gracias al desarrollo del pop art, tenía en su mesilla de noche un pie momificado; el seductor rey del Rock and Roll Elvis Presley, descalzaba a sus mujeres antes de mantener sexo con ellas; y el escritor ruso Fedor Dostoyevsky nunca escondió su obsesión por los pies.

Como inclinación erótica, la excitación que producen los pies siempre ha sido un misterio, un acertijo sin desvelar.

Motivos para sentir esta lujuria

Según la teoría del padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, el pie puede convertirse en el primer objeto de excitación sexual, en virtud de la imperiosa necesidad que tiene el niño de ver los genitales de su madre. Y esta conducta al quedar reprimida, se transforma en fetiche del pie. Para su amigo suizo Carl Gustav Jung, esta pequeña extremidad corporal es el símbolo del alma “porque sostiene al ser humano erecto”.

Una explicación suministrada por el neurólogo oriundo de India, Vilayanur Ramachandran, deja al descubierto que los pies y los genitales ocupan áreas contiguas en las zonas somático-sensoriales del cerebro y por tal razón, los músculos de los puentes del pie se contraen durante el orgasmo.

Y así, innumerables argumentos científicos, como que el hombre percibe la forma del pie de manera muy similar a las caderas femeninas; también, que el incremento del deseo sexual se produce vertiginosamente al comparar el olor de la vagina con el de los pies.

Un sumiso fetichista siente el inmenso deseo de estar bajo las plantas de los pies de su Ama. ¿Por qué?  Porque significa el gran poder que ella tiene sobre él. Quiere sentirse humillado y pisoteado y el más mínimo movimiento que la mujer haga con los dedos de sus pies, lo pone a volar.

Sin embargo, la Dómina disfruta tanto como su sumiso, pues lo tiene postrado ante sus hermosos y admirados pies, a su merced; lo controla totalmente y le pide todo cuanto se le antoje. El hecho de dominarlo desata de manera voraz su imaginación para saciarse sexualmente.

Hasta motivos religiosos justifican el fetichismo de pies. Los antropólogos conectan la podofilia con la tradición cristiana de lavar los pies ajenos, como una muestra de humildad, y sometimiento hacia nuestros semejantes.

Lo cierto es que el solo hecho de observar los pies femeninos le dispara a muchos una indetenible excitación sexual. Pueden pasar largo tiempo contemplándolos y  extasiándose en ellos sin llegar al coito. Esa energía se sustenta no exclusivamente en factores eróticos, sino en psicológicos y fisiológicos.

Cada vez más, este fetichismo cobra nuevos adeptos. Para muestra, la incontable cantidad de imágenes y vídeos de pies de los cuales se nutre la industria pornográfica. En los prostíbulos, la tendencia actual es que las mujeres muestren sus pies, tanto desnudos como en los más exóticos tacones para que sus clientes gocen sin parar.

El solo hecho de observar los pies femeninos le dispara a muchos una indetenible excitación sexual.

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